lunes, 24 de octubre de 2011

amapola: Rumbo al Infierno

amapola: Rumbo al Infierno

Rumbo al Infierno

RUMBO AL INFIERNO

“.... en el parque Santa Bárbara coge un Jeep que vaya pa´ Segovia y se baja en Cuatro Esquinas, por la primera entrada a mano izquierda, por el camino que no está pavimentado”. Esta fue la escueta dirección que me dio un parroquiano de Remedios cuando le pregunté cómo llegar a la mina El Silencio. Al cabo de quince minutos llegué a mi destino. Una vez dentro del yacimiento aurífero de la Frontino Gold Mines, Luis C. Balbín, machinero del socavón, se presentó como mi guía. Inmediatamente me condujo hacia un recinto en el que varios mineros departían. Tras explicarles la razón de mi visita, el supervisor me invitó a mudarme de ropa: “Es por su seguridad”, dijo, señalando un cuarto angosto. Mientras me cambiaba de atuendo para quedar convertido en ¨ minero ¨, sin proponérmelo pude oír a los operarios cuando discutían el futuro de la compañía minera, y por ende, el suyo propio. Entonces supe que la otrora invulnerable empresa Frontino Gold Mines Limited, fundada por ingleses el ventiuno de abril de mil ochocientos cincuenta y dos, “la cual sacó al país de la bancarrota luego de la Guerra de Independencia”, y que ha sido pilar fundamental en el desarrollo socioeconómico de los distritos mineros de Segovia y Remedios, se veía avocada a un proceso de liquidación. No obstante, después de mil fatigas, trabajadores y jubilados (principales acreedores), unidos en un mismo anhelo, poco a poco lograron disuadir al Estado de que la empresa no fuese vendida o subastada; así, ambas partes acordaron llevar a cabo una liquidación jurídica en la cual desaparece la sociedad limitada para dar paso a una anónima, donde trabajadores y jubilados serán los legítimos dueños.

Al salir del cuarto, una lámpara acoplada a un casco amarillo, un traje color naranja y un par de botas de caucho eran mi nuevo atuendo. Una rara mezcla de sensaciones invadía mi mente: el ansia, el miedo y la curiosidad pugnaban dentro de mí cuando abordé un coche con compartimientos metálicos guiado por rieles, al que los mineros llamaban elevadora o marrana. El camino hacia las entrañas de la tierra se inició al encenderse el motor del herrumbroso vehículo: “¡Agache la cabeza que se da contra la roca!”, gritó alguien. Casi a tientas, orientados por un haz de luz que emanaba de las lámparas, lentamente, metro a metro, íbamos surcando la corteza externa de la tierra con el ronroneo del coche como único faro. Después de descender durante interminables minutos, el tiempo se detuvo en el nivel dieciocho. Los demás niveles de la mina, cuarenta y cuatro en total, unos mil doscientos metros al fondo, estaban inundados. Sin cruzar palabra, haciendo honor al nombre de la mina, El Silencio, los hombres se dispersaron por el umbroso reducto en dirección Norte y Sur. Entre tanto, el guía y yo caminábamos por la estrecha carrilera con las botas sumidas en el lodazal. Persistentes hebras de agua caían de las rocas; el aire era denso, casi se podía tocar y el calor destilaba un vapor maligno. Luego de andar unos ochocientos metros por el lóbrego túnel, llegamos a una ventana descendente. Aquí, en este corte específico, dos machineros perforaban escalonadamente el área con una maquina neumática o rotopercutora. A esta altura, mi desvalida cámara de fotografiar Pentax parecía utensilio de campaña: lucía añosa, enfangada hasta el diafragma; yo apenas lograba respirar y el overol ambarino rezumaba sudor y agua, como recién salido del fregadero. Entonces tuve la certeza de ir rumbo al infierno. Esquirlas doradas saltaban de la tierra a cada embate del taladro de aire. De cuando en cuando, el fogonazo cegador del flash sacaba de el ensimismamiento a los “topos humanos”, quienes aún no se acostumbraban a la extraña presencia. Una vez hechos los hoyos o huecos en la roca húmeda, se saturaban los orificios con Indugel y Anfo. Con estos dos explosivos hacían la voladura o quema, la cual arrojaba al menos veinticinco o treinta toneladas de carga. Entre tanto, el codiciado metal chispeaba por doquier en medio de las sombras. Mi corazón latía al son de las mortales explosiones y el retumbar incesante, mientras al final de la galería aparecía el vértigo con su poder arrasador haciendo estragos en mi ya devastado cuerpo. Al notarlo, los mineros presurosos fueron en busca de un envase con aguadulce, la cual bebí con avidez para evitar el colapso. Más tarde, otros dos obreros emprendieron la limpia o descargue entre los escombros, provistos de un desusado azadón eléctrico o malacate dotado de motor, que funcionaba con cables y arrastraba un gallinazo. En seguida, los perseverantes hombres trasladaron el producto de la quema hacia una maquina de transporte que constaba de ocho, nueve o diez coches que eran llenados en el corte por medio de una plataforma, para después conducirlos hasta la reja donde se rejeaba y bajaba el plomo; este plomo era dirigido por una elevadora desde el nivel dieciocho hasta la superficie, precisamente al Apique de Bolivia. Al mismo tiempo, la elevadora manejaba un barril que llegaba a una tolva, que después era recogida en volquetas. Por último, la preciada carga iba a parar a la planta de beneficio Maria Dama, donde continúa el proceso de la extracción de oro.

Luego de permanecer recluido cerca de tres horas y media en aquel limbo excepcional, exhausto, claustrofóbico y loco por ver de nuevo la luz del Sol, mientras esperábamos en las fauces de la tierra la llegada de la marrana para al fin ganar la superficie, les dije a mis compañeros de odisea lo mucho que admiraba su valor y me incliné con sincero respeto ante estos portentosos hombres, quienes, a base de espinoso trabajo en condiciones infrahumanas, cada día del año arriesgan la vida para procurar progreso al país. Loor a los mineros colombianos.

jueves, 13 de octubre de 2011

EMILIO PUEBLO

Daban las dos y veinte minutos de la tarde cuando el autobús se detuvo en la glorieta de la Castellana. Emilio bajó del vehículo y se dirigió hacia la iglesia Santa Gema. Mientras caminaba, el canto de un gallo llamó su atención. Si bien es cierto que los gallos tienen el privilegio de cantar a la hora que les plazca, resulta extraño encontrar uno en plena avenida treinta y tres. Emilio miró hacia todos lados pero no logró ver al animal: “Puro estrés”, se dijo y automáticamente llevó la mano al bolsillo de la chaqueta para extraer un pequeño estuche de plástico color ámbar, con esta inscripción grabada en relieve sobre la cubierta: “Promesas de Dios, palabra fiel”. Emilio tomó al azar una de las cincuenta tarjetas de cartón que había en el interior de la caja, y en voz baja, leyó el siguiente aforismo: “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado”. Esta sentencia produjo un efecto adverso en la mente de Emilio; su rostro se tornó rígido, como si hubiese recibido una mala noticia. Él conocía muy bien cada uno de los cincuenta proverbios que contenía la urna, no obstante, ese que acababa de leer nunca antes lo había visto; un olvido quizás, o tal vez... ¡Una tácita advertencia! Aún perplejo, siguió despacio hacia el atrio; a poco, sintió que algo tibio y húmedo cayó sobre su amplia frente. Emilio observó con estupor el cielo; cuál no sería su desconcierto al ver un gallo marengo asido a los cables del fluido eléctrico. Rápidamente, limpió el excremento del ave con el puño de la camisa y, profiriendo insultos, se fue a casa sin visitar el templo.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Linea de Fuga

LINEA DE FUGA


Yo había jurado no volver a un Clásico de fútbol desde aquella tarde en la que le fracturaron las piernas al Vikingo con un bate de béisbol, en las afueras del estadio Atanasio Girardot; sin embargo, el partido de ese domingo era decisivo, un empate nos servía para pasar a la final, en pos de la decima estrella. Entonces rompí la promesa. El ritual empezó temprano, ese día indeleble. La trompeta, el papel picado, el cojín, la pancarta y la infaltable bandera para agitarla sin tregua. A las dos de la tarde llegué a la unidad deportiva. Allí me esperaban Caretrampa, Mateo y Pascual, el del bombo. Los cuatro pertenecemos a la gloriosa barra “Qué tiempos aquellos.” Después de cruzar el tercer anillo de seguridad nos dirigimos hacia el Sur. La aglomeración suscitada por los aficionados semejaba un enjambre; manchones verdes y rojos colmaban el espacio. Al cruzar la puerta de entrada al estadio, después de minuciosa requisa, los perros de la policía olfatearon hasta el fondillo de nuestros pantalones. En vez de un encuentro deportivo, más bien parecía un retén militar ubicado en la frontera de una ciudad recién conquistada. Más adelante, en el segundo piso, estaban las estaciones de radio. Mi gran sueño es poder ver, algún día, un partido de fútbol desde una cabina de éstas. Ya instalados en nuestro reducto, por fin dimos rienda suelta a la euforia reprimida.

- ¡Los vamos a golear! – decía uno.

- ¡Me conformo con la victoria, aunque sea por un gol! - decía otro.

- ¡Oeoeoeoeoeoa! – coreaban los demás.

- ¡La ola, la ola, la ola! – nos uníamos todos.

Por el altoparlante anunciaban la formación de los equipos. El recinto estaba repleto de gente. Un penetrante olor a mariguana impregnaba el aire. Furtivos vendedores de aguardiente exhibían las botellas por el falso pliegue de la chaqueta.

- ¡Ejem!... Tomémonos un guaro para calmar los nervios… ¡Qué me estará mirando aquel doblehijueputa!

La ansiedad nos hacía ver enemigos en todas partes. Cuando apareció la terna arbitral la silbatina fue descomunal. Después salió el Rey de Copas y la lluvia de serpentinas cubrió el campo; luego ingresaron los Diablos Rojos a la cancha. El frenesí se apoderó de nosotros: “¡Fuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!” A las tres y treinta en punto el silbato dio inicio a los primeros cuarenta y cinco minutos; nuestras gargantas no daban más.

¡Oeoeoeoeoa! - vociferaban los presentes.

El primer tiempo fue un verdadero desastre para el equipo local. Después de una pena máxima inexistente decretada por el central, el Pitufo de Ávila marcó el primer gol del partido, y en el minuto cuarenta, tras un error infame del arquero, lograron meter el segundo tanto.

Nos fuimos para el entretiempo perdiendo dos a cero. Para entonces las miradas estaban cargadas de odio. El juez central debió ser escoltado por la policía hasta los camerinos. No obstante, era un resultado que aún se podía remontar. Todos confiábamos en la destreza del As argentino recién contratado.

- ¡Pssssss! ¡Pssssss! El de la garrafa..., sírvanos par tragos dobles porque esta goleada no la aguanta nadie a palo seco.

Una vez más, la estridencia de los cánticos fue ensordecedora cuando asomó la divisa verde por la boca del túnel. Al llegar los oncenos al césped, quedamos desconcertados al ver que Aristizabal había salido del juego por un desgarro en el tendón de Aquiles, y en vez de remplazarlo por el ariete argentino, colocaron a un suplente al cual no habíamos visto antes. De inmediato la fatalidad se apoderó de los fanáticos, quienes empezamos a proferir todo tipo de arengas:

- ¡Preciso cuando vamos perdiendo le da al profe´ por dejar en el banquillo al mejor jugador del equipo! - dijo un fulano, enardecido.

- Si no ponen a jugar a los extranjeros que fichan, ¿entonces para qué los traen? – exclamó alguien, con los ojos inyectados.

- ¡Eso pasa por contratar técnicos de bajo perfil, dizque para ahorrar plata..., están jugando con nosotros, los hinchas! – manifestó un tercero.

Los ánimos se exacerbaban cada vez más. De repente: “¡Fuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!”, comenzó el segundo tiempo. Todavía nos preguntábamos de dónde había salido el nuevo jugador, cuando cogió la pelota, y tras enredarse con ella, cayó a tierra.

- ¡Tronco! ¡Petardo! ¡Paquete! ¡Tullido! - le gritaban
desde los cuatro puntos cardinales.

Faltando veinte minutos para el final llegó el tercer gol del conjunto escarlata. Esto significaba el fin de toda esperanza. Prácticamente no había tiempo para descontar semejante marcador. Además, nuestro equipo se mostraba absolutamente desdibujado, había perdido la figura, ya ni siquiera se defendía.

Repentinamente, un descamisado de piel curtida seguidor del cuadro de casa, burló el cordón de seguridad trazado por la autoridad, y con audaces fintas, llegó al terreno de juego para luego dirigirse como un poseso hacia al misterioso jugador. Aquel lunático iba con los puños en alto, decidido a darle una paliza al deportista en entredicho. Por suerte, fue neutralizado oportunamente por los integrantes del equipo contrario. En esta loca incursión se perdieron más de cinco minutos. El compromiso se reinició ahí mismo, pero esta vez la hinchada perdedora no posaba los ojos en el juego: ahora envolvían con mirada matrera a los que llevaban diferente camiseta. ¡Ayayay! Tras hondos suspiros, los aludidos sacaron punzantes leznas que traían ocultas en la suela del zapato, mientras otros rompían las graderías de cemento para arrojar proyectiles a los sorprendidos oponentes; en un rincón distante, varios jóvenes alimentaban una hoguera con cintas de papel. Todo hacía presagiar un sangriento ataque, cuando se escuchó un alarido por el altavoz:

- ¡Gooooooooooooooool!

Instintivamente, todos los asistentes entornamos los ojos hacia la cabina de audio, situada en la parte alta del escenario; poco después, vimos con asombro cómo el jugador cuestionado sacaba el balón de la red contraria, siendo a la postre felicitado efusivamente por los compañeros de escuadra. El corazón latía a prisa y la angustia obnubilaba la razón. Aún no había trascurrido un minuto cuando el mismo jugador, después de magistral pase del número 10, hizo el segundo gol de espectacular bolea. Tan solo faltaban dos minutos para terminar el partido; tres a dos ganaba el equipo escarlata. Los espectadores nos pusimos de pie en estruendoso silencio, a la par que el árbitro consultaba su cronómetro. De súbito, hubo un tiro de esquina a favor del verde, ¿a que no adivinan quién lo iba a cobrar? Nadie más ni nadie menos que el enigmático delantero ingresado para la etapa complementaria. De inmediato, la parcial roja entonó al unísono:

- Arbitro, faltan....10,9,8,7,6, 5,4,3,2,1.......

Después del cobro, la esférica se fue por encima del arco, parecía ir rumbo a las nubes, de repente hizo un giro de ciento ochenta grados y ¡Suaz!, se metió como por encanto en la portería.

- ¡Golygolygolygolygol!

¡Bendito sea Dios! Junto al desaforado grito de gol se escuchó el pitazo final.

Posteriormente, durante el consabido intercambio de camisetas, el misterioso jugador fue rodeado por aficionados que se peleaban la prenda del nuevo ídolo. Al dejar su torso desnudo, de la espalda le brotaron dos enormes alas opalinas que batió sin cesar, y de un momento a otro, emprendió vuelo hacia el infinito.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

IDIOTAS ÚTILES
Cada vez que enciendo un cigarrillo en la calle varios pares de ojos punitivos me quieren fulminar con la mirada. Sólo gracias al azar continuo indemne. El Estado, fiel a su rol de disfrazar la verdad, de repente me convirtió en amenaza pública. Ahora resulta que los adictos al tabaco (chivos expiatorios) somos los causantes directos de las desgracias ambientales que afectan al planeta. Entre tanto, los no fumadores, dóciles a la manipulación mediática como agente distractor de la realidad, de un momento a otro adquirieron la función de idiotas útiles al aceptar el oficio (ad honorem) de gendarmes galácticos, dispuestos a condenar a todo aquel que debido a la producción del tabaco, otrora monopolio industrial del Estado, haya tenido la desventura de ser una víctima más en el mega mercado de consumo: el cigarrillo, en este caso específico. Hubiese podido ser el alcohol, el café, la fluoxetina o la Coca-Cola. En realidad, al Estado le importa un bledo la salud de los individuos, lo que intenta es desviar la atención de la ciudadanía hacía el reino de las apariencias, su ardid habitual.
Al salir de casa, una espesa capa de humo toxico emanado de los tubos de escape de carros, motos, buses, microbuses y camiones impregna mi piel de monóxido de carbono. Los pulmones, ya enfermos por obra de la nicotina, absorben un aire enrarecido que no alcanza para regenerar la sangre de mi cuerpo. Valga anotar que Medellín es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Además de los gases mortíferos de los vehículos (en el año 2003 había 605.4 millones de automóviles y 200 millones de motocicletas

en el mundo), negruzcas chimeneas diseminadas a través de la ciudad expelen vapores venenosos desde el amanecer. En tanto, toneladas de químicos industriales se vierten en las aguas limpias de los manantiales. En el caso propio del Río Medellín, sucede que a la altura del municipio de Sabaneta el agua ya está muerta por falta de oxígeno, puesto que la industria de la locería, entre otras, ha derramado inmisericordemente sustancias nocivas en el preciado elemento. Y… ¿Quién les obliga a parar? Aún si fuesen conminados para que cesen el ataque ambiental, el problema seguirá siendo exactamente el mismo, dado que prevalecen poderosos intereses particulares: “todo está en manos del poseedor en el mundo visible, sujeto a la ley de la indiferencia. Quien detenta los tesoros del mundo es el amo, cualquiera que sea la manera como los haya obtenido.”
La contaminación generada por el hombre: frigoríficos, mataderos, curtimbres, actividad minera y petrolera, envolturas, empaques, agroquímicos, envases, pañales, restos de jardinería y gases de combustión de vehículos, es sin duda factor determinante de la degradación ambiental. Se da el nombre de contaminación ambiental a la presencia de cualquier agente físico, químico o biológico en lugares, formas y concentraciones que puedan ser nocivos para la vida en general. Entonces, porque los esbirros del Estado comisionados subliminalmente para “exterminar” a los débiles fumadores, no atacan con igual sevicia a los gobiernos promotores de las letales plantas nucleares (hay más de 250 reactores nucleares en todo el mundo), con cuyo producto, la radiactividad, han herido de muerte a la tierra y a todos los seres que padecen sus mortales efectos (náuseas, vómitos, convulsiones, delirios, dolores de cabeza, diarrea, perdida de pelo y dentadura reducción de glóbulos rojos y blancos, daño al conducto gastro intestinal, perdida de la mucosa intestinal, hemorragias, esterilidad, infecciones bacterianas, cáncer, leucemia, daños genéticos, mutaciones genéticas, daño al sistema nervioso y cerebral, niños anormales y cambio de color de pelo a gris). Basta recordar las recientes catástrofes nucleares de Chernobyl, en Rusia y Miyagi, en Japón. También traigo a colación el permanente derrame de hidrocarburos en los océanos (287 mil toneladas en el Mar Caribe, 530 mil toneladas en el Golfo de México, 1 millón y medio de toneladas en el Golfo Pérsico), los cuales han devastado la fauna marina poniendo en riesgo de extinción a cientos de especies.
Hablemos ahora del ganado vacuno, inocuo en apariencia. Pues bien, de acuerdo a estudios científicos, a causa de los componentes de su alimentación cada res arroja al eructar un promedio de 500 litros de metano a la atmosfera, contribuyendo con ello al menoscabo de la capa de ozono (el agujero ya cubre 23 millones de Km2), con las consecuencias que se desprenden del hecho (cáncer de piel producido por efectos nocivos de los rayos ultravioleta del Sol).
Cuando apenas contaba 13 años de edad, veía a mi padre con el cigarrillo en la mano exhalando humo por boca y nariz. Este acto me impresionaba gratamente. Ocurría lo mismo al observar a mi abuelo disfrutando un enorme tabaco. Luego, en la televisión exhibían varias veces al día el comercial de Marlboro, en el cual un agreste vaquero aspiraba el humo del cigarrillo con deleite mientras oteaba el horizonte sobre su caballo. Entonces quise
imitar a los adultos para Infundir más respeto ante los demás. Llevo más de medio siglo atado a este vicio infame que físicamente corroe mi salud. En más de una ocasión he intentado dejarlo pero la adicción me somete una y otra vez. Soy consciente del daño que representa para mí; no obstante, creo que por si solo el humo del cigarrillo no es tan lesivo para quienes no lo aspiran, dado que es el consumo directo de nicotina lo que en realidad perjudica al organismo.
Para terminar, sólo les pido a los que nos agreden que traten de comprender el dilema en el que nos encontramos las victimas del tabaco: cada bocanada de humo representa una muerte cercana. Apelo al buen juicio de la mayoría de ustedes para que en lugar de combatir molinos de viento, hagamos frente común para expulsar de la faz de la tierra a las industrias tabacaleras.