jueves, 15 de septiembre de 2011
IMAGINACIÓN PURA
Estando Jesús Arcángel en su rutina de sepulturero, horas antes de un entierro programado, se me ocurrió preguntarle por historias de espantos o aparecidos, a lo que respondió con lentitud: “En estos días, unos niños que estaban en el cementerio me dicen: Oiga, don Arcángel, allí en aquellas bóvedas están espantando, suenan ruidos y se oyen voces. Claro que me sorprendí un poco, entonces me dije, ¡eh!, ¿será cierto? Fui, me arrimé a las bóvedas, al pabellón donde ellos decían que sentían el ruido y las conversaciones; puse mucho cuidado. Resulta que al lado de la calle hay un coliseo que está en construcción y conversaba la gente, golpeaban y esas cosas, entonces los muchachos pensaron, todos asustados, que era dentro de las bóvedas que se oían esos ruidos, pero realmente no..., no trascendió a nada”. De repente, Arcángel se detiene un momento, pasa saliva y continua diciendo: “Lo único que me sucedió en el cementerio, recién entrado allá..., claro que no me asustó mucho por que yo soy más bien tranquilo, fue una vez que sepulté a un señor en horas de la mañana; cogí la herramienta porque en la tarde tenía otro entierro, luego la dejé en un coche con los palustres y una mezclita, ahí, en determinada parte, al pie de unos osarios... cerré la pieza donde mantengo la herramienta, le eché llave y me fui; por la tarde, que me vine a enterrar al otro difunto, llegué y cuando fui a buscar los palustres ¡Nada!, entonces entré, busqué por toda la pieza y nada, me faltaban los dos palustres; ya venían con el difunto y me tocó ir donde un vecino para que me hiciera el favor de prestarme el suyo un momento, pues los míos se los habían robado; ahí mismo me lo prestó y bueno, hice el entierro y listo. Después de que pasó el entierro y tapé el féretro, voy y busco de nuevo… y por ninguna parte. Le di la vuelta a esa pieza y nada, entonces me tocó venir y decirle al sacerdote: oiga padre, cómo le parece que ayer, en el intervalo de los dos entierros, se me desaparecieron los palustres, tuve que prestar uno para tapar el último difunto; entonces él dijo: “cómo así... Vaya y compre otro.” Fui y compré el palustre. Por la mañana llegué a revocar las bóvedas; acostumbro organizarlas bien al otro día; ahí mismo abrí la pieza..., cuando lo primero que miro ¡Los palustres! Untados de cemento, como los tenía y nadie entró, porque yo cargaba las llaves de esa pieza, ahí aparecieron; es lo único que me ha sucedido en tres años y medio que llevo sepultando restos mortales.
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