EMILIO PUEBLO
Daban las dos y veinte minutos de la tarde cuando el autobús se detuvo en la glorieta de la Castellana. Emilio bajó del vehículo y se dirigió hacia la iglesia Santa Gema. Mientras caminaba, el canto de un gallo llamó su atención. Si bien es cierto que los gallos tienen el privilegio de cantar a la hora que les plazca, resulta extraño encontrar uno en plena avenida treinta y tres. Emilio miró hacia todos lados pero no logró ver al animal: “Puro estrés”, se dijo y automáticamente llevó la mano al bolsillo de la chaqueta para extraer un pequeño estuche de plástico color ámbar, con esta inscripción grabada en relieve sobre la cubierta: “Promesas de Dios, palabra fiel”. Emilio tomó al azar una de las cincuenta tarjetas de cartón que había en el interior de la caja, y en voz baja, leyó el siguiente aforismo: “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado”. Esta sentencia produjo un efecto adverso en la mente de Emilio; su rostro se tornó rígido, como si hubiese recibido una mala noticia. Él conocía muy bien cada uno de los cincuenta proverbios que contenía la urna, no obstante, ese que acababa de leer nunca antes lo había visto; un olvido quizás, o tal vez... ¡Una tácita advertencia! Aún perplejo, siguió despacio hacia el atrio; a poco, sintió que algo tibio y húmedo cayó sobre su amplia frente. Emilio observó con estupor el cielo; cuál no sería su desconcierto al ver un gallo marengo asido a los cables del fluido eléctrico. Rápidamente, limpió el excremento del ave con el puño de la camisa y, profiriendo insultos, se fue a casa sin visitar el templo.
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