RUMBO AL INFIERNO
“.... en el parque Santa Bárbara coge un Jeep que vaya pa´ Segovia y se baja en Cuatro Esquinas, por la primera entrada a mano izquierda, por el camino que no está pavimentado”. Esta fue la escueta dirección que me dio un parroquiano de Remedios cuando le pregunté cómo llegar a la mina El Silencio. Al cabo de quince minutos llegué a mi destino. Una vez dentro del yacimiento aurífero de la Frontino Gold Mines, Luis C. Balbín, machinero del socavón, se presentó como mi guía. Inmediatamente me condujo hacia un recinto en el que varios mineros departían. Tras explicarles la razón de mi visita, el supervisor me invitó a mudarme de ropa: “Es por su seguridad”, dijo, señalando un cuarto angosto. Mientras me cambiaba de atuendo para quedar convertido en ¨ minero ¨, sin proponérmelo pude oír a los operarios cuando discutían el futuro de la compañía minera, y por ende, el suyo propio. Entonces supe que la otrora invulnerable empresa Frontino Gold Mines Limited, fundada por ingleses el ventiuno de abril de mil ochocientos cincuenta y dos, “la cual sacó al país de la bancarrota luego de la Guerra de Independencia”, y que ha sido pilar fundamental en el desarrollo socioeconómico de los distritos mineros de Segovia y Remedios, se veía avocada a un proceso de liquidación. No obstante, después de mil fatigas, trabajadores y jubilados (principales acreedores), unidos en un mismo anhelo, poco a poco lograron disuadir al Estado de que la empresa no fuese vendida o subastada; así, ambas partes acordaron llevar a cabo una liquidación jurídica en la cual desaparece la sociedad limitada para dar paso a una anónima, donde trabajadores y jubilados serán los legítimos dueños.
Al salir del cuarto, una lámpara acoplada a un casco amarillo, un traje color naranja y un par de botas de caucho eran mi nuevo atuendo. Una rara mezcla de sensaciones invadía mi mente: el ansia, el miedo y la curiosidad pugnaban dentro de mí cuando abordé un coche con compartimientos metálicos guiado por rieles, al que los mineros llamaban elevadora o marrana. El camino hacia las entrañas de la tierra se inició al encenderse el motor del herrumbroso vehículo: “¡Agache la cabeza que se da contra la roca!”, gritó alguien. Casi a tientas, orientados por un haz de luz que emanaba de las lámparas, lentamente, metro a metro, íbamos surcando la corteza externa de la tierra con el ronroneo del coche como único faro. Después de descender durante interminables minutos, el tiempo se detuvo en el nivel dieciocho. Los demás niveles de la mina, cuarenta y cuatro en total, unos mil doscientos metros al fondo, estaban inundados. Sin cruzar palabra, haciendo honor al nombre de la mina, El Silencio, los hombres se dispersaron por el umbroso reducto en dirección Norte y Sur. Entre tanto, el guía y yo caminábamos por la estrecha carrilera con las botas sumidas en el lodazal. Persistentes hebras de agua caían de las rocas; el aire era denso, casi se podía tocar y el calor destilaba un vapor maligno. Luego de andar unos ochocientos metros por el lóbrego túnel, llegamos a una ventana descendente. Aquí, en este corte específico, dos machineros perforaban escalonadamente el área con una maquina neumática o rotopercutora. A esta altura, mi desvalida cámara de fotografiar Pentax parecía utensilio de campaña: lucía añosa, enfangada hasta el diafragma; yo apenas lograba respirar y el overol ambarino rezumaba sudor y agua, como recién salido del fregadero. Entonces tuve la certeza de ir rumbo al infierno. Esquirlas doradas saltaban de la tierra a cada embate del taladro de aire. De cuando en cuando, el fogonazo cegador del flash sacaba de el ensimismamiento a los “topos humanos”, quienes aún no se acostumbraban a la extraña presencia. Una vez hechos los hoyos o huecos en la roca húmeda, se saturaban los orificios con Indugel y Anfo. Con estos dos explosivos hacían la voladura o quema, la cual arrojaba al menos veinticinco o treinta toneladas de carga. Entre tanto, el codiciado metal chispeaba por doquier en medio de las sombras. Mi corazón latía al son de las mortales explosiones y el retumbar incesante, mientras al final de la galería aparecía el vértigo con su poder arrasador haciendo estragos en mi ya devastado cuerpo. Al notarlo, los mineros presurosos fueron en busca de un envase con aguadulce, la cual bebí con avidez para evitar el colapso. Más tarde, otros dos obreros emprendieron la limpia o descargue entre los escombros, provistos de un desusado azadón eléctrico o malacate dotado de motor, que funcionaba con cables y arrastraba un gallinazo. En seguida, los perseverantes hombres trasladaron el producto de la quema hacia una maquina de transporte que constaba de ocho, nueve o diez coches que eran llenados en el corte por medio de una plataforma, para después conducirlos hasta la reja donde se rejeaba y bajaba el plomo; este plomo era dirigido por una elevadora desde el nivel dieciocho hasta la superficie, precisamente al Apique de Bolivia. Al mismo tiempo, la elevadora manejaba un barril que llegaba a una tolva, que después era recogida en volquetas. Por último, la preciada carga iba a parar a la planta de beneficio Maria Dama, donde continúa el proceso de la extracción de oro.
Luego de permanecer recluido cerca de tres horas y media en aquel limbo excepcional, exhausto, claustrofóbico y loco por ver de nuevo la luz del Sol, mientras esperábamos en las fauces de la tierra la llegada de la marrana para al fin ganar la superficie, les dije a mis compañeros de odisea lo mucho que admiraba su valor y me incliné con sincero respeto ante estos portentosos hombres, quienes, a base de espinoso trabajo en condiciones infrahumanas, cada día del año arriesgan la vida para procurar progreso al país. Loor a los mineros colombianos.
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